Archivo de newsletter
Vivir del cuento 26 - Es esto o cerrar
Hablamos de montañas rusas emocionales, caramelos y también sobre abandonar todos mis proyectos personales. Nota: Archivo Este texto forma parte de la primera temporada de la ne...
Hablamos de montañas rusas emocionales, caramelos y también sobre abandonar todos mis proyectos personales.
Nota: Archivo
Este texto forma parte de la primera temporada de la newsletter "Vivir del cuento y no morir en el intento". En diciembre de 2022 Revue, el servicio que alojaba la newsletter, cerró. Lo conservo aquí como archivo histórico.
Uno de los grandes aprendizajes que uno adquiere superada una (si somos afortunados) infancia feliz y estable es que la vida real es todo menos estable. Nos zarandea de lado a lado a merced de la arbitrariedad.
Y esto se concreta en los vaivenes de nuestra existencia, los dramas y fortunas que nos acontecen a lo largo de los años y los encuentros, fortuitos o funestos, que experimentamos en el camino.
Pero también en las pequeñas cosas. Esas cosas cotidianas, mundanas, que son capaces de hacerte disfrutar o sufrir un amplio abanico de emociones, una detrás de la otra, en una misma experiencia.
Las hay muy prosaicas, como el precipicio emocional entre antes y después de una cagada de emergencia.
Antes, ves pasar tu vida a cámara lenta delante de tus ojos mientras (des)esperas a que se abra la puerta del jodido ascensor, ignorando toda realidad alternativa en tu visión túnel única: llegar al váter y no evacuar en el rellano.
Después, el vacío. La nada. El buscar la escobilla. Pensar en hacer la comida y en que si quedan o no macarrones.
O también la archiconocida iluminación post-orgásmica: todo un clásico que puede hacernos pasar del ¡qué puta maravilla! al ¡qué puto pringue! en escasos y explosivos segundos.
Pero hay una experiencia que me ha parecido siempre el ejemplo por excelencia de este fenómeno: comerse un chupa-chups Fiesta de Kojak.
Para los que no hayáis tenido infancia, o una infancia distinta (y por tanto, peor) a la mía, es uno de estos. Con chicle dentro.

Si haces suficiente fuerza con los esfínteres puedes llegar a olerlo desde aquí
Comerse uno es un viaje emocional con seis estadios perfectamente definidos, como si fuese una desintoxicación en alcohólicos anónimos o la superación del duelo:
- Expectación - Destapas el chupa-chup con ansia y disfrutas del olor penetrante a fresa sintética.
- Disfrute - Lames lascivamente la sustancia sólida e interiorizas los matices de su sabor.
- Desencanto - El puto palo, que es de papel el muy hijo de puta, se empieza a deshacer. Se te llena la boca de trozos de celulosa homologable al papel del váter.
- Desesperación - Hostigado por la intratable textura decides hacerlo saltar todo por los aires y masticas el caramelo, arriesgándote a enriquecer al dentista y revelando el chicle en su interior.
- Redención - Liberas el chicle del palo con un poco recomendable latigazo cervical y lanzas el ya amorfo cilindro a la papelera más cercana. Disfrutas estoicamente de los frutos de tu trabajo.
- Superación - El chicle pierde su sabor en escasos segundos y lo descargas con un escupitajo que falla a encestar en un contenedor. Tu mente elimina todo recuerdo de la experiencia para proteger tu frágil personalidad de esta tragedia en seis actos.
Pues el caso, que la vida, en general, es un chicle de estos. O peor. Y en bucle. Interiorizar esto y saber detectar en cuales de las etapas eres capaz de marcar la diferencia y en cuales no eres más que un pasajero del tren de la bruja es la mejor arma que tienes para construir tu propia estabilidad.
Y llegados a este punto en el que he logrado, con cuestionable éxito, relacionar los conceptos de defecación, polución y succión y, encima, sacar una lección cambiavidas de mierda, damos por concluida la introducción y pasamos al meollo del asunto:
Compra mi curso
Qué va, es coña. No he hecho ningún curso. Era para asustar.
Lo cierto es que esta semana pasada he tenido todo el tema de los side projects abandonado. Desde que me hice YouTuber mi enorme ego no me ha dejado rebajarme a escribir código.
9 visitas lleva ya el vídeo, me falta el canto de un duro para el botón de play de oro.
En cualquier caso, lo de compra mi curso sí tiene un sentido. Aún que sea relativo y lejano. Me explico: estoy empezando a ver un patrón claro de errores en lo que hago.
Mis proyectos personales responden a una serie de requisitos, recopilados con sumo cuidado por mi parte, que son:
- Me apetece hacerlo
Pues resulta que estos requisitos no son los correctos para ganar dinero. Quién lo iba a decir. Y sí, es verdad que, técnicamente, tampoco tienen por qué hacerlo. Al fin y al cabo son side projects porque yo tengo un main project, que es ydevs, y este es el proyecto que realmente espero que me saque del umbral de la pobreza.
Pero resulta que lo de generar pasta no solo es bueno porque el dinero puede intercambiarse por bienes y servicios.
Los Simpson - Homer - El dinero puede intercambiarse por bienes y servicios
Resulta que el hecho de que un proyecto crezca y dé dinero es motivación intrínseca para trabajar en él. La expectativa de una recompensa, monetaria o distinta, marca la diferencia. Cuando un proyecto es residual no hay ganas de dedicarle tiempo. Y la conclusión es la retahíla de muertos vivientes que voy dejando a mi paso, que ni generan un duro ni disfrutan de mi mínimo interés.
Tiempo perdido.
La motivación correcta
Evidentemente que un side project dé dinero no es condición necesaria para su éxito per se. Esta newsletter es prueba: no me da ni me dará un euro, pero aquí sigo escribiendo veintiséis semanas después. Y, siendo que este era el objetivo, puedo decir que está siendo un éxito.
Podríamos decir en este sentido que la newsletter es más un hobby que un side project.
Pero el resto de proyectos en los que me he embarcado en los últimos meses no eran, para nada, hobbies. Tenían voluntad de crecimiento. Y además eran en general desarrollos tipo SaaS, con su complejidad intrínseca, sus ramificaciones legales, los costes de alojamiento, y un largo etcétera de negativos que concluyen en innumerables ocasiones de desmoralizar si la estructura de motivación no es la adecuada.
Analicemos, por ejemplo, mi último desvarío, Squaretweet. ¿A qué respondía?
- Ningún sistema de planificación de publicaciones me satisfacía
- Tenía ganas de jugar con la API de Twitter
- Existía una difusa, inconexa, indocumentada idea de que alguien, tal vez, en algún momento, querría pagar por algo así.
¿Son estas, de nuevo, las razones correctas para emprender un side project?
No.
Pero, ¿por qué? Mi intuición aquí no me basta. Es necesario analizar las razones que sí serían válidas para poder compararlas con éstas.
¿Cuáles son, entonces, las razones correctas? Tras un mínimo análisis, en mi opinión, son estas:
- Implementar el side project se traducirá directamente en una recompensa positiva, monetaria o de otro tipo (audiencia convertible, networking, acceso a recursos o financiación, etcétera)
- Esta recompensa no puede adquirirse alternativamente con menor esfuerzo, inversión y/o tiempo.
- Es viable en tiempo y forma ejecutar la solución dentro de la carga de trabajo existente.
- Las responsabilidades que derivarán del resultado son compatibles con la planificación a futuro existente.
Bajo este paradigma, ¿cumple los requisitos?
- Implementar Squaretweet sí derivaría en el acceso a un recurso útil (la propia herramienta). Respecto al resto de posibilidades, no hay un camino directo y evidente para hacerlo. No, al menos, sin un enorme esfuerzo de marketing.
- Acceder a una herramienta así, si bien no exactamente así, sí es viable. Pagando cualquiera de las existentes.
- No es viable ejecutar este proyecto dentro de mi carga de trabajo actual.
- Siendo un SaaS sobre una API relativamente estable, en este caso, sí es viable mantener el proyecto.
En conclusión: no. No cumple los requisitos que me he autoimpuesto.
Por tanto el proyecto no tendrá continuidad.
Y tres cuartos de lo mismo para todos los demás side projects que he ido comentando en ediciones anteriores de esta newsletter.
¿Y ahora, qué?
No lo sé. Quedan 46 días de este 2022 y no está entre mis objetivos el emprender ningún nuevo proyecto. Ni tampoco, como decía antes, continuar ninguno de los abiertos.
Aprovecharé estas semanas que quedan de año para interiorizar las motivaciones que describía ahí arriba y, a partir de ellas, descubrir el camino a seguir.
A eso y a acabar con las toneladas de trabajo pendiente acumulado que me lastran desde hace meses.
En esta newsletter os relataré este viaje. O, siendo realistas, os contaré chorradas varias para entreteneros mientras me aclaro.
Sé de algunos de mis lectores que estarán encantados de saber esto 😅.
Nos leemos pronto.
PS: Para montaña rusa emocional, mi incapacidad para centrarme en algo. Espero que el centrarme en nada se me dé mejor.
