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Vivir del cuento 27 - Excesos

Hablamos de McMuffins y os cuento mis penas como si fueseis el psicólogo. Nota: Archivo Este texto forma parte de la primera temporada de la newsletter "Vivir del cuento y no mo...

Hablamos de McMuffins y os cuento mis penas como si fueseis el psicólogo.


Nota: Archivo

Este texto forma parte de la primera temporada de la newsletter "Vivir del cuento y no morir en el intento". En diciembre de 2022 Revue, el servicio que alojaba la newsletter, cerró. Lo conservo aquí como archivo histórico.

Mi madre suele reírse diciendo que soy "excesivo en todas mis expresiones".

Dejando de lado el hecho de esto pueda o no acarrearme miles de euros en terapia en un futuro, la realidad es que tiene razón. Soy un poco así. Soy de hacerlo todo a lo bestia, a destiempo y a trompicones. Y a ser posible, autolesionándome por el camino.

Recuerdo una vez que volvíamos de fiesta a una hora intempestiva. Mi cuerpo quebrado por la early-onset resaca, mis pies exhaustos pidiendo clemencia.

Mi estómago clamando venganza en forma de fast food.

El objetivo: McDonalds, abierto 24h. Sí, ya sé que hablo mucho del McDonalds aquí. Es que el tío Ronald y yo venimos de lejos.

He cagado mucho sésamo, podríamos decir.

Volviendo al anécdota, llamé a mis pies a orden y marchamos la larga noche hasta el McDonalds cerca de la estación, donde más tarde cogeríamos el tren hacia casa.

Estaba cerrado. No era 24h. Faltaba una hora para abrir. Horror.

Convencido de estacarme un buen trozo de sucedáneo de vaca resolví esperar pacientemente. Los minutos eran lentos y la ansia por saborear ketchup y pepinillos crecía sin límite.

Y por fin llegó la buena nueva. Como Dios apareciéndosele al profeta, se abrió la persiana bañándonos con luz purificadora y peste a freidora.

Entonces, el problema. El plot-twist. El castigo por mi excesiva gula.

No había hamburguesas. Era la hora del desayuno.

"Señor, solo puede pedir del menú de desayuno".

Literalmente esta escena, pero al revés. Y sin tener yo, por suerte o desgracia, una Intratec TEC-9.

Literalmente esta escena, pero al revés. Y sin tener yo, por suerte o desgracia, una Intratec TEC-9.

Concederás que tenía casus belli de sobra para liarme a navajazos allí mismo pero opté por la calma estoica. Sin embargo se me presentaba un problema: yo no había pedido nunca desayuno en McDonalds. Para mí el McDonalds es affaire de tarde-noche, de mediodía a lo sumo, mitad mañana en extremos post-resaca. No tenía favoritos ni descartes al alba.

Así que habiéndose quebrado en mí el último resquicio de cordura decidí sucumbir al dulce enajenamiento etílico y dar permiso a mi subconsciente excesivo para que tomase los mandos del navío.

Lo pedí todo. Literalmente.

Deme uno de cada del puto menú de desayuno, señora, que estoy muy loco.

¿Disculpe?

Me ha oido perfectamente. Usted no sabe con quién está hablando.

Me lo reventé todo de mala manera retando con la mirada a la escandalizada cajera y me fui a mi casa a sobar la mona.

Es por estas cosas que me dice mi madre que soy un tío excesivo.

Y eso que ella no sabe esta historia.

Empezamos.

Enterrado en la miseria

Como he abandonado (¡por ahora!) todo aquello de vivir del cuento y de hacer side projects que me saquen de pobre, debo resignarme a enfrentarme a la realidad laboral que me persigue desde hace varios meses.

Esta realidad ha estado presente todo este tiempo pero el hecho de tener otras cosicas me permitía refugiarme en la fantasía de ser un creador de movidas con una newsletter de éxito en la que explicaba mis andanzas.

Habiéndose reducido la newsletter a anécdotas escatológicos no me queda, de nuevo, más remedio, que hablaros de lo otro. Lo que no es sexy.

Del curro.

No sé ya lo que he contado en esta newsletter y lo que no, pero para los que no estén al día, yo dejé mi empresa (ydevs) en mayo de 2021 por no ser capaz de entenderme con mis socios.

Aproveché el momento para parar y decidir cómo quería que fuese mi vida. Decidí que el nuevo objetivo era, bueno, pues esto de la newsletter, lo de montar productos, escribir cosas y alimentar todo ello con proyectos como freelancer.

Así que cogí el toro por los cuernos y con mis contactos bajo el brazo acepté varios encargos de desarrollo con los que traer los garbanzos a casa.

Y me lié a la primera curva.

Me piden ayuda desde una startup. Presupuesto dos mil pavos de mierda por un MVP. Me lo rechazan. Red flag de las de manual.

¿Mi respuesta?

Me meto como CTO sin sueldo, ni contrato, ni acuerdo entre socios, ni nada de nada. Me tiro ahí quemándome las cejas durante meses, reventando mis planes para el verano por el camino. Acabo más quemado que la pipa de un indio y me voy con una mano detrás y una delante.

¿Y los demás proyectos que tenía entre manos?

A lo bestia, a destiempo, a trompicones y autolesionándome por el camino.

Llega la primavera y consigo cerrar casi todos los proyectos satisfactoriamente, a costa de mi salud. Juro nunca volver a sobrecargarme de trabajo. Firmo un contrato para un proyecto de los gordos a empezar en mayo, que ya habría acabado los escasos flecos restantes.

No los acabé a tiempo.

Entonces pensé que no pasaba nada. Que la cosa estaba bien estimada y especificada, que podría tenerlo cerrado antes de acabar el verano, que había margen para reincorporarme a ydevs como CTO y liderar una transición completa de stack fruto de un nuevo modelo de negocio.

No he acabado el proyecto todavía.

Entonces vi claro que sí, me había equivocado metiéndome de lleno en ydevs con el otro proyecto a medias, pero que en octubre de bien seguro las dos cosas estarían estables y podía también echarle un cable a un antiguo cliente con un desarrollo crítico que necesitaban.

Estoy ahora compaginando las tres cosas, ninguna de las cuales está próxima a acabar.

Entonces, enterrado en una inasumible montaña de trabajo, por no decir de mierda, y evidenciada mi incapacidad por dimensionar el trabajo pendiente, mi socio en movidote me dice la semana pasada que hay un cliente que quiere un par de desarrollos. Para el día 10 de enero. Paga bien.

Sin problema socio, diles que sí.

Y, ¿cómo lo haré? ¿Qué técnica de gestión de proyectos me sacará de este embrollo? ¿A qué gurú acudiré para extraer 36 horas útiles a cada día?

Ninguna.

Ninguno.

Lo haré a lo bestia, a destiempo, a trompicones y autolesionándome por el camino.

Como siempre.

Y que vivan los McMuffins. Y los excesos.

Nos leemos pronto.